lunes, 22 de octubre de 2012

Trenes que vienen, trenes que van.

En la estación del ferrocarril,
me siento en un banco
a ver cómo llegan los trenes que
transportan
decenas de viajeros
cargados con maletas
y con sus propias existencias cargados.
Son trenes que vienen a esta estación
perdida en la geografía urbana
de una gran ciudad,
de edificios destartalados
y monolíticos.
Cuando la muchedumbre
abandona los vagones
y en el tren
no se escucha una sola alma,
el jefe de estación
da la orden para proseguir
el rumbo.
Quién sabe qué otros lugares
visitará
este acordeón
de la ingeniería ferroviaria,
este eficaz y férreo
medio de transporte.
Son trenes que van,
como presencias que
permanecieron
un tiempo
en la vida de la gente
pero que, de repente,
se confunden entre la niebla,
a lo mejor para un ratito
o para una eternidad entera.
Aunque fuese para una eternidad
los trenes dejan la huella
de su paso por las vías,
y no hay estación
que olvide el chirrido
de sus ruedas de hierro,
ni jefe de estación
que olvide el ruído de la locomotora. 

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