
Sentirse extraño en propia tierra
no es cosa poco habitual.
Puedes conseguir hacerte hueco
en los corazones de la gente,
pero aún así sentir el vacío interior,
de aquellas personas
que, aún estando en su propia tierra,
no tienen tierra propia.
¿Has tenido la oportunidad
de contemplar la mirada de los
que no quieren relación contigo
porque
tu sola presencia les implica
problemas morales y quién sabe si
económicos?
Evita a los mercaderes de palabras,
a los que te venden un adiós o
un hasta luego,
porque con su lengua
viperina te destrozarán
y no te perdonarán ni el más absurdo
de los fallos.
Habituales del juicio moral,
son, ante todo, amorales.
Proclaman el concepto de patria
como si lo hubieran acuñado ellos,
pero para ellos la patria no existe,
se queda en el árbol genealógico.
Si eres extraño en tu propia tierra,
recuerda que aunque sientas
el latido del atardecer como si
brotara de tu pecho,
la vida pone fecha de caducidad
al apego y lo conduce
a la más absoluta de las indiferencias.
Puedes llegar a observar
otra puesta de sol,
con otros ojos quizás más
maduros,
con otros soles más oscuros,
con otra temperatura interior.
Lo que vale, no es la palabra dicha si no
la palabra cumplida
y sientes que continuarás siendo
extraño en propia tierra,
porque no tienes tierra propia.

