
Luis Alfredo, era el niño al que todo le importaba un bledo,
con sus encajes de seda y perfume de jazmín,
aquel infante descastado,
competía desairado por su fama y su postín.
En el parque público,
no había granito de arena,
sobre el que no hubiera que preguntarle
para poder caminar sobre él.
A Luis Alfredo, le llamaban
sus padres a voz en grito, y cultivaban,
el sectarismo de las familias del parque,
aquella ley no escrita,
aquel principio implícito,
a raíz del cual, ningún niño o niña,
debería osar, atreverse a cometer
el fatal error de acercarse a su bocadito de manteca.
Luis Alfredo tenía un nombre complicado,
compuesto de muchos apellidos,
le faltaban la diéresis y la esdrújula
para ser pluscuamperfecto.
Su linaje aristocrático,
su mirada felina,
su pasatiempo solitario,
fastidiar a todo niño o niña,
que se acercarse a su terreno o
estropease su juego.
Luis Alfredo, era el niño al que todo le importaba un bledo,
con sus encajes de seda y perfume de jazmín,
aquel infante descastado,
competía desairado por su fama y su postín.
El colegio al que iba lo habían bendecido
cardenales y papas,
el domund, caritas y el brazo armado de la Iglesia,
junto con el relicario y el beaterío,
eran su pan nuestro de cada día.
A pesar de ello,
con los amigos era traidor,
mentiroso y canalla,
su envidia podía más
que su propia palabra.
Una vez en el parque,
Luis Alfredo se metió el dedo en la nariz,
de tanto escarbarse,
se manchó de su propia sangre.
Al ver las ropas de seda,
manchadas con el color rojo escarlata,
pegó un grito de estupefacción,
la sola idea de haberse manchado
le causaba dolor.
Luis Alfredo, exponente
de una generación peculiar,
sus padres lo protegían
de la vida social,
crearon un pequeño monstruo,
pero eso a la gente le da igual.
El día en que abofeteó a Julita
en el parque,
se armó un gran revuelo,
Luis Alfredo fue condecorado
con un sombrero,
en el que ponía de relieve
su rancio abolengo.
Luis Alfredo, era el niño al que todo le importaba un bledo,
con sus encajes de seda y perfume de jazmín,
aquel infante descastado,
competía desairado por su fama y su postín.