V) Emilio era un hombre parco en palabras, escribía algún versito, no se le daba nada mal. Los domingos caminaba despacio por las calles de la ciudad. Se sentaba en algún banco de una plaza cualquiera y le tiraba miguitas de pan a las palomas que se movían nerviosas en círculos.
Una mañana de esas de domingo, Emilio encontró, descubrió en el escaparate de una librería un asombroso hallazgo: ¡La foto de Madame Y aparecía en la portada de un libro! Quizás se dijo, Madame Y sea escritora o simplemente modelo fotográfica. Empujó la puerta de la tienda de libros y sonó un crujido sospechoso de no estar bien engrasada. Anduvo entre estantes, hasta que llegó al mostrador y preguntó por aquel libro de su interés. La librera le contestó amablemente que su Madame Y era escritora y éste que tenía en sus manos era el tercer libro de una saga sobre las andanzas de un mecánico que tenía un amor idealizado e incompleto.
Emilio, no muy acostumbrado a leer novelas, más bien libros sobre marxismo y propaganda revolucionaria, le pidió a la librera que le dijera cuál era el precio y que se lo envolviera.
Al llegar a casa, Emilio desembaló su libro y comenzó a leer... Las letras que formaban palabras que, a su vez, formaban frases y estrofas, eran fiel reflejo de la imagen de Emilio sobre aquel libro, la imagen diáfana y transparente de su amor por aquella que sabía deslizar, de manera tan magistral, las ideas.
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