En una ciudad cualquiera.
En una ciudad cualquiera,
las luces de las farolas
llenan la avenida
de ese color anaranjado
de las lámparas espectrales del sodio.
El transeúnte noctámbulo
camina rumiando
malas digestiones de oficina,
sales de frutas del desencanto,
decálogos de principios aprendidos
y otros desestimados,
algún fracaso sentimental,
y algún que otro quebranto.
En una ciudad cualquiera,
los letreros de neón
resplandecen en los jardines de asfalto
y tras la lunas de los escaparates
se sitúan las mercancías al por menor.
El transeúnte solitario
entra en un bar de madrugada
y pide una copa de cognac.
"Son las cinco", responde el camarero,
"vamos a cerrar".
Se despide con un ademán
y vuelve a las aceras,
posada, refugio,
de las almas cautivas,
de los corazones errantes
que se obstinan en salir
ilesos, sin éxito, de esta afrenta
tan grande llamada vida.
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