IV)
Como cada tarde después de salir del taller donde trabajaba, Emilio
Cifuentes, paraba en el café de la esquina cuyo nombre tenía un
significado mágico: "El conjuro". Allí pedía un café largo y un
bocadillo de chorizo frito, además de un gran vaso de agua fría para
refrescarse.
Emilio tenía algunos conocidos del barrio que solían visitar el café al terminar la jornada:
el carpintero, el tapicero, el electricista, incluso el cristalero.
Cuando estaban todos reunidos comenzaban alguna conversación ligera
sobre los éxitos de alguna folclórica, la querida de algún torero y
otros temas viriles como la agenda de la selección nacional de fútbol.
En aquel café mal iluminado y sólo distraído por la tímida luz azul de
los tubos fluorescentes, Emilio recordaba a aquella diosa de un mundo
sin dioses, Madame Y. Pudo haber sido Dulcinea de algún Quijote pero eso
no le importaba, su amor no era posesivo sino abierto y comprensivo,
integrador.
Madame
Y era alta, sus piernas delgadas y su figura esbelta. Sus maravillosos
ojos azules, su sonrisa al que le había dedicado un tratado de geometría
clásica... Sobretodo, su mirada audaz e inteligente, su gesto
comprensivo y su cariño preciado... Lo de Emilio quizá era obsesión,
pero era más una imagen como telón de fondo, contínua y una actitud no
demasiado enfermiza, una necesidad de afectos y no una paranoia en sí
misma. Emilio fue y es feliz gracias a recordar a esta bella dama y a su
presencia a ráfagas.
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