lunes, 25 de junio de 2012

(y IV)

IV) Como cada tarde después de salir del taller donde trabajaba, Emilio Cifuentes, paraba en el café de la esquina cuyo nombre tenía un significado mágico: "El conjuro". Allí pedía un café largo y un bocadillo de chorizo frito, además de un gran vaso de agua fría para refrescarse. 
Emilio tenía algunos conocidos del barrio que solían visitar el café al terminar la jornada:  el carpintero, el tapicero, el electricista, incluso el cristalero. Cuando estaban todos reunidos comenzaban alguna conversación ligera sobre los éxitos de alguna folclórica, la querida de algún torero y otros temas viriles como la agenda de la selección nacional de fútbol. En aquel café mal iluminado y sólo distraído por la tímida luz azul de los tubos fluorescentes, Emilio recordaba a aquella diosa de un mundo sin dioses, Madame Y. Pudo haber sido Dulcinea de algún Quijote pero eso no le importaba, su amor no era posesivo sino abierto y comprensivo, integrador. 
Madame Y era alta, sus piernas delgadas y su figura esbelta. Sus maravillosos ojos azules, su sonrisa al que le había dedicado un tratado de geometría clásica... Sobretodo, su mirada audaz e inteligente, su gesto comprensivo y su cariño preciado... Lo de Emilio quizá era obsesión, pero era más una imagen como telón de fondo, contínua y una actitud no demasiado enfermiza, una necesidad de afectos y no una paranoia en sí misma. Emilio fue y es feliz gracias a recordar a esta bella dama y a su presencia a ráfagas.

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