I) Emilio Cifuentes le escribió a su amada: "Mira, mi amor, yo no quiero que pienses con mis ideas ni marcarte el camino a seguir, sólo te expreso mi devoción y ternura, mi lenguaje desordenado y con imperfecciones para llenar este hueco que deja tu mirada, esta distancia ciega, sorda, que me separa de tí."
II) Esta va acerca de su amor incompleto con Madame Y. ... "Desde nuestro adiós en aquella fría tarde de otoño comprendí que nadie es imprescindible en esta vida, todo cambia, no debemos proyectar nuestro dolor contra los demás cuando lo sentimos. En este tiempo es posible que hayas visto a otras personas... Entiendo lo que te ata, lo que hace que nuestro amor no pueda ser pleno, pero en esta noche de verano te guardo un trozo de amor puro y sin ambages. "
III) En una noche de luna llena, Emilio, melancólico, dibuja su andar errante por las calles de la ciudad.
No siente lástima de sí mismo, es un simple espectador de las avenidas llenas de gente, del tráfico desmedido, de la prisa y de la brevedad de la existencia cotidiana. En su caminar, se detiene ante el escaparate de una tienda de telas, recuerda que un amigo de su abuelo tuvo un negocio similar. Los tejidos que forman los trajes son la mercancía de este comercio... pero la noche también se teje con la aguja fina del tiempo y con el hilo delgado de la memoria. Se adjudicó por un momento la profesión del amigo de su abuelo para dirigirse a su amada: "En mi muestrario, los retales que te traigo tienen que ver con lo vivido y con lo que está por vivir. Si existiera una herramienta, aparato para medir nuestras acciones futuras, nos guardaría de peligros, pero como no existe tal artefacto, nuestro futuro es impredecible y debemos atender a la razón y al "libretto" propio de nuestros más hondos sentimientos. Cómo esbozar el modelo geométrico de la luna llena... la luna llena se ve majestuosa como esfera en el plano, pero lo que de veras me conmueve son las noches de luna menguante para explicar la arquitectura de tu sonrisa. Tu sonrisa son dos curvas que están separadas una cierta distancia y se cortan en dos puntos."
IV) Como cada tarde después de salir del taller donde trabajaba, Emilio Cifuentes, paraba en el café de la esquina cuyo nombre tenía un significado mágico: "El conjuro". Allí pedía un cafe largo y un bocadillo de chorizo frito, además de un gran vaso de agua fría para refrescarse.
Emilio tenía algunos conocidos del barrio que solían visitar el café al terminar la jornada: el carpintero, el tapicero, el electricista, incluso el cristalero. Cuando estaban todos reunidos comenzaban alguna conversación ligera sobre los éxitos de alguna folclórica, la querida de algún torero y otros temas viriles como la agenda de la selección nacional de fútbol. En aquel café mal iluminado y sólo distraído por la tímida luz azul de los tubos fluorescentes, Emilio recordaba a aquella diosa de un mundo sin dioses, Madame Y. Pudo haber sido Dulcinea de algún Quijote pero eso no le importaba, su amor no era posesivo sino abierto y comprensivo, integrador.
Madame Y era alta, sus piernas delgadas y su figura esbelta. Sus maravillosos ojos azules, su sonrisa al que le había dedicado un tratado de geometría clásica... Sobretodo, su mirada audaz e inteligente, su gesto comprensivo y su cariño preciado... Lo de Emilio quizá era obsesión, pero era más una imagen como telón de fondo, contínua y una actitud no demasiado enfermiza, una necesidad de afectos y no una paranoia en sí misma. Emilio fue y es feliz gracias a recordar a esta bella dama y a su presencia a ráfagas.
V) Emilio era un hombre parco en palabras, escribía algún versito, no
se le daba nada mal. Los domingos caminaba despacio por las calles de
la ciudad. Se sentaba en algún banco de una plaza cualquiera y le tiraba
miguitas de pan a las palomas que se movían nerviosas en círculos.
Una
mañana de esas de domingo, Emilio encontró, descubrió en el escaparate
de una librería un asombroso hallazgo: ¡La foto de Madame Y aparecía en
la portada de un libro! Quizás se dijo, Madame Y sea escritora o
simplemente modelo fotográfica. Empujó la puerta de la tienda de libros y
sonó un crujido sospechoso de no estar bien engrasada. Anduvo entre
estantes, hasta que llegó al mostrador y preguntó por aquel libro de su
interés. La librera le contestó amablemente que su Madame Y era
escritora y éste que tenía en sus manos era el tercer libro de una saga
sobre las andanzas de un mecánico que tenía un amor idealizado e
incompleto.
Emilio, no muy acostumbrado a leer novelas, más bien
libros sobre marxismo y propaganda revolucionaria, le pidió a la librera
que le dijera cuál era el precio y que se lo envolviera.
Al
llegar a casa, Emilio desembaló su libro y comenzó a leer... Las letras
que formaban palabras que, a su vez, formaban frases y estrofas, eran
fiel reflejo de la imagen de Emilio sobre aquel libro, la imagen diáfana
y transparente de su amor por aquella que sabía deslizar, de manera tan
magistral, las ideas.
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