Si se agotan las fuerzas,
nos queda la esperanza.
Si escasea la esperanza,
tenemos la convicción.
Si flaquea la convicción,
somos dueños de nuestra finita
paciencia.
Si la paciencia está ausente
entonces necesitamos
a la resignación.
Si la resignación
nos duele y nos
ahoga con su gris
traje de lunes,
invocaremos al inconformismo.
Si el inconformismo
se enquista,
y no resiste
la vuelta
de la rueda del reloj,
apelaremos
a la apatía,
que mudaremos
con el práctico
escepticismo.
Nuevamente,
el escepticismo
será transformado
en inacción
y las fuerzas
se habrán agotado,
a no ser
que nos sentemos
en un banco de
una plaza cualquiera
y comencemos
la siguiente
conversación.
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