
Mirar hacia atrás
es un ejercicio necesario
para comprender el pasado
aunque muchos acontecimientos
del mismo no tengan demasiada
explicación.
Mirar hacia atrás
cuesta porque
cuando abrimos el armario
y sacamos los zapatos antíguos,
éstos tienen demasiadas piedritas
y no queremos hacerles frente.
Mirar hacia atrás es
enriquecedor,
porque nos ayuda
a seguir construyendo
el camino,
y recoger ese atisbo
de esperanza,
si alguna vez la tuvimos,
o ese ápice de descreímiento,
esa duda sistemática
y coherente
con el medio que nos rodea.
Mirar hacia atrás
para recobrar la ilusión,
para reencontrarme
con ojos conocidos,
con miradas queridas,
con vestigios del pasado,
con ternuras compartidas,
con poderosos agravios,
con balances de vida
y con portentosos desencantos.
Mirar hacia atrás
para contemplar por un momento
el nlño que fuí,
el adolescente
en que me convertí,
la persona adulta que soy,
y recordar con nostalgia
aquel último atardecer
sobre el cielo que nos
refugiaba,
enladrillado y marchito,
génesis de una tormenta.
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