jueves, 8 de septiembre de 2011

Un fraude humano.

Wolframio Miralles era considerado
por sus vecinos, amigos y familiares
como un fraude humano.
Su oficio era el de vendedor
de proyectos imposibles,
las facturas las cobraba
con cabello de ángel,
su patrimonio ascendía
a dos tablas y a un martillo.
Pese a todo,
Wolframio contemplaba
a los pájaros cantores
que se posaban
en las ramas
de los cedros,
depositaba su confianza
en el susurro del arroyo,
y los conciertos
en la menor del jilguero
eran su pasatiempo
elegido para cruzar
el sendero de la mañana
hasta el mediodía.
Cuando se encaramaba
a un cerro como la
cabra montés
que trepaba
por los riscos,
Wolframio era dichoso,
y en la senda
del camino
recogía las moras,
y los dedos los tenía
curtidos de pincharse
con las zarzas.
Este fraude humano
para el román paladino
era un hombre sencillo
y sensible,
como el wolframio
que hace encender
los filamentos
de las bombillas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario