martes, 20 de septiembre de 2011

Comprenda.

Comprenda que no la quiero,
con ese egoísmo propio de los que desaman,
sino con la simple generosidad
de los que no olvidan.
Cómo borrar
su sonrisa,
a la que tantas alabanzas
dediqué
y a la que tantos versos
escribí.
Cómo borrar su voz
aterciopelada
en la mañana
tranquila,
donde no cabía
más placer que el de
escucharla.
Comprenda
que aprendí
a amarla
sin miedo
a disgustarla,
sin miedo a
perderla,
con el único
temor de que
mi amor generoso
se convirtiera
en mar proceloso,
falsa quimera,
epitafio anunciado
de los que no
regresan
al verbo fácil,
al jardín
de las flores
que brotan
en primavera.

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