miércoles, 1 de agosto de 2012

Expediente diario.


Como archivo del trabajo de un día, 
cierro la carpeta y la coloco 
en el cajón de los proyectos inacabados. 
Termino y firmo
el expediente diario,
un conjunto de saludos, holas y adioses
por los pasillos de este edificio
destartalado,
situado en un polígono industrial
sombrío al que se accede a pié.
Adjunto
las llamadas telefónicas
a los jefes y compañeros y
no contabilizo
las llamadas personales,
la de rigor a la esposa
para ver cómo le fue el día,
cómo anduvo
entre mocos, escuelas
y su propio trabajo,
qué lástima no poder compartir esa tarea
de llevar y recoger a los hijos de la escuela,
me encanta escuchar sus historias
sobre compañeros y maestros,
recreos y volteretas.
Luego reservo
ese otro espacio
para los trapos sucios de la oficina:
El ligue de Ramírez
y sus interminables horarios,
el poema que Martínez le escribió
a su esposo,
de los escarceos con el alcohol
de nuestro director
y esa máquina de escribir
con un teclado que no funciona.
En resumidas cuentas,
le digo adiós al día
con la escasa conciencia
de haber hecho lo que he podido.

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