Emilio Cifuentes y el teléfono.
Era un día cualquiera y, en el taller sonó el teléfono. Emilio Cifuentes lo descolgó cuando algo extraño sucedió: La voz que escuchaba no era la que quería escuchar, no correspondía a la persona que a diario invocaba. Esa voz que hablaba deprisa, que daba férreas instrucciones, no era la voz de Madame Y.
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