
Te pareces a la hermosa dama de
aquella famosa novela de caballerías.
Eres mujer bonita, de belleza
sencilla y prudente,
invocada por un Don Quijote
moderno, hombre de gran sabiduría,
y en apariencia,
un cúmulo de miedos
y de inseguridades provocadas
por la imaginación
y la certeza de que todo
puede cambiar.
Eres la Dulcinea de otro hombre,
pero quiero traspasar el umbral de este jardín
prohibido,
estar a tu lado y susurrarte al oído
palabras de amor.
Dormirme en tu seno,
avistar el alba
desde tu alcoba
y proponerte un camino
compartido,
qué más da
si nunca firmamos
una promesa
de amor
ante algún juez
o sacerdote.
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