
Sé apenas nada de tí,
y aunque pasen los años
no llegaré a conocerte
completamente.
Cada día me sorprendes,
con una salida de tono,
con un razonamiento que entra en tu lógica
interna pero que nada tiene
que ver con mi forma de razonar.
Sé apenas nada de tí
y cada tarde me refugio,
en la ideas que dieron a dar
con la génesis de nuestro amor
y en la foto que tengo guardado
en la segunda estantería
detrás de los cuadernos
de facturas antíguas.
A veces la vida se convierte
en simulacro,
en mecánica aprendida,
me gustaría
que tus palabras dieran amor
en vez de pronunciar
buenos días y buenas noches.
No me resigno,
ni me conformo,
quizá me agarre al clavo ardiendo,
posiblemente
tus ojos y los míos
deberían ser más afines
a la hora de mirar la vida,
con parecido prisma,
porque la divergencia
contínua no colabora
y la puesta en común
repara mínimamente
la contradicción cotidiana.
Sé apenas nada de tí
pero creo conocer algo,
que a pesar de que tu forma de ser
se asemeje a las imágenes
de un caleidoscopio,
en el fondo obras de buen corazón
y ésto no es poco.
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