Hombres de chaqueta, hombres de corbata,
resuenan sus pasos en el pasillo de la oficina,
se renueva el eco de sus palabras altisonantes y
arranca el estallido de sus gestos desmedidos.
Hombres de chaqueta, hombres de corbata,
sus eficacias contrastadas, sus cronómetros a punto,
su prepotencia aprendida, su estupidez mayúscula.
El debate surgió sobre el hecho de si la estupidez
se adquiere con el tiempo o es un hecho innato.
Llegué a la conclusión de que existe predisposición
y si se trabaja a diario entonces se perfecciona
como el escultor que con su cincel construye
una pieza de arte, el estúpido forma
la escultura del absurdo.
Hombres de chaqueta, hombres de corbata,
en el intercambiador de Avenida de América
con sus altivas presencias,
con sus pudorosas arrogancias,
con su clase media vendida al mejor postor,
con su cadena bien colocada
y bendita la cadena que si no ya se sabe.
Hombres de chaqueta, hombres de corbata,
alta suciedad, suciedad alta,
el comprador más certero,
el vendedor más juicioso,
el esplendor, la nada, el abismo,
desierto gris, enclave diario.
Después del hombre de chaqueta,
que sus brazos levantaba
en señal de victoria, una victoria sobre la nada,
consiguió ser fiel reflejo del destino que deparaba,
construir el artificio,
levantar un castillo de plástico,
para terminar la mañana.
Hombres de chaqueta, hombres de corbata,
construyan ustedes la verdad con palabras,
que la justicia social
llegue a las ventanas,
de los que aún no escuchan,
de los que no entienden los vocablos.
Chaqueta y corbata,
elegante vestimenta,
cuestionable semblanza.
Me engancho desde el intercambiador de Avenida de América para, desde América, corroborar que las chaquetas y las corbatas son las mismas por aquí, el comercio criollo sólo se hizo eco de la metrópoli para emular la lonja de la vida. El siglo XXI, o en el que las razas, sin saberlo, se extinguieron.
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