Nuestro acto de amor no fue más que una huída hacia adelante,
un grito mayúsculo en el desierto de nuestra existencia,
pero estuvo lleno de encanto y supo generar
esa esperanza que tanta faltaba nos hacía,
aunque los árbitros de la elegancia
nos marcaran el paso
y quisieran ponerle puertas al campo,
llegaste a saber que te quería.
Fue ese lento crepitar
de las hojas de otoño
cuando son aplastadas
por el zapato terco
el que me recordó
la sensación que tuve
al perderte, ¿acaso alguna vez te tuve?
Vanas ilusiones
que se dispusieron
como un rompecabezas
desordenado
sobre la alfombra
del salón de estar y
gotas de luz clara
propias de un atardecer
de invierno.
Vendrá otra vez la primavera
a recordar
los vestigios
de este antíguo y oficioso
sentimiento,
como barcas
que vuelven a un puerto
que está acostumbrado
al tráfico de las embarcaciones.
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