Sé que no amo esta ciudad,
pero, sin embargo,
me atrapa, me conmueve
y me absorbe,
me conmina,
a sus lugares recónditos
llenos de historia pasada
y reciente,
a sus callejuelas alabeadas
y sus masas ingentes.
Sé que no amo esta ciudad:
megápolis,
telaraña de rascacielos,
puzzle de edificios metálicos
levantada en mitad de La Mancha,
que conserva la estructura
de pueblo en sus diferentes barrios.
Sé que no amo esta ciudad,
pero aún así me ofrece
el refugio de los
que buscan amparo,
la posiblidad
de naufragar
como los que conocen
los naufragios,
de ser salvado
o de ser
arrastrado
por el torrente
de la desidia
hacia
el puerto de la amargura.
Sé que no amo esta ciudad
y, sin embargo,
es el lugar
donde he celebrado
mis pequeñas victorias
mis mínimos logros,
donde cimenté
mis anhelos,
donde construí
la ilusión
y cometí la osadía
de subirme otra vez
al tejado
a contemplar
las luces
de la ciudad nocturna,
pieza sonora de
la incipiente alegría.
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